lunes, 15 de junio de 2015

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La Palabra Perdida La Palabra Contada


Existe una leyenda que afirma que hubo un tiempo en que los seres humanos poseían una Palabra mágica que al pronunciarla poseía el poder de realizar fenómenos maravillosos, tales como hacerlos invisibles, convocar a una alfombra mágica para viajar a lugares lejanos, otorgar la salud, multiplicar las fuerzas, conocer lo oculto y lo manifiesto, y satisfacer todos los deseos del corazón. Pero un día la humanidad olvidó el modo de pronunciar la Palabra, pues su codicia le hizo desviar el buen uso de ella. Desde entonces se la conoce como “la Palabra perdida

Sin embargo, existen hasta hoy algunos seres humanos capaces de dominar a las serpientes con una música o un silbido, otros que con su canto dominan a las fieras salvajes. Hay quienes por la palabra pueden sanar cuerpos y almas, y los hay que por medio de la palabra, al igual que Scheherezade, logran llegar a los corazones, despertar sonrisas, abrir los ojos a nuevas realidades… Por eso sabemos que el poder de aquella Palabra no ha desaparecido para siempre y no lo hará mientras exista siquiera un ser humano que conserve el conocimiento de ella en su corazón.

En todas las culturas cuentan las viejas leyendas que lo primero fue el sonido…la palabra…el canto…el cuento… y así debe haber sido pues aunque nadie sabe por qué misteriosa razón “la Palabra” posee tanto poder para crear como para destruir, para golpear como para acariciar, para confundir como para iluminar, nosotros, los que sabemos saborearla, dibujarla, cantarla, contarla, día tras día comprobamos su poder.

Aunque muchos creen que Scheherezade contaba cuentos para evitar que el rey la matase, lo cierto es que, como toda mujer sabia, contaba para sanar el corazón de Shahriar. Y los cuentos poco a poco volvieron a abrir el corazón herido.

Heródoto contaba para dejar memoria del mundo que él veía y del que imaginaba. Su mundo visto nos legó información del pasado, su mundo imaginado encendió la curiosidad por conocer de muchos otros.

Homero contaba la gesta de los dioses, sabiendo que perduraría en el tiempo, pues esos dioses eran la huella sobre la que tantos pueblos se gestarían.

Tal es el poder de la palabra que ha tejido historias a lo largo y lo ancho del mundo, emergiendo y ocultándose una y otra vez, metamorfoseándose en nuevas historias, nuevas voces, nuevos colores, sin morir nunca, y así reverbera hasta el día de hoy en esos oídos dispuestos a recibirla y en esas bocas dispuestas a tejerla y devolverla a su danza en el viento, como diría el gran Atahualpa.
Los que contamos historias, somos responsables del uso dado a la Palabra, no importa si la usamos contando, escribiendo, cantando, pintando, actuando, bailando, si lo hacemos con imágenes, con formas, con texturas, cualquiera sea el modo en todos los casos, sabiéndolo o no, lo hacemos para iluminar el camino, para sanar heridas, para despertar sonrisas, emociones, preguntas, respuestas, mundos… Contamos por sobre todo para vivir.

Y al contar mantenemos viva la memoria, creamos, abrimos, sostenemos, alimentamos, indagamos, cuestionamos, protegemos, cuidamos, vinculamos y entonces nos volvemos capaces de hacernos invisibles dejando al cuento como protagonista, aprendemos a llamar a la alfombra mágica para viajar con otros a mundos lejanos, descubrimos la maravilla de lo oculto y de lo manifiesto y también sus horrores, multiplicamos nuestras fuerzas y las de quienes nos escuchan, curamos, como Scheherezade, corazones heridos, y al mismo tiempo curamos nuestro propio corazón.


Dice una antigua leyenda que hubo un tiempo en que los seres humanos poseían una Palabra mágica que luego se perdió, nosotros, los que contamos, sabemos que no se ha pedido ni se perderá mientras siga vivo un ser humano que sepa llevarla en su corazón y la brinde al mundo.

© Ana Cuevas Unamuno

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