miércoles, 16 de julio de 2014

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El kamishibai mexicano


fotoKamishibai1Hace muy poquitos días este maravilloso narrador partió a otros rumbos lejanos con sus historias, en su homenaje les comparto esta nota hermosa realizada y publicada por Diana Leticia Nápoles Alvarado y algo de esta extraordinaria técnica que él utilizaba tan bien


‘El mundo nos entra por las orejas’. Enrique González.

(José Enrique González Heredia)
Por: Diana Leticia Nápoles Alvarado
Fuente de esta nota maravillosa que tomé prestada para que muchos más puedan disfrutarla
 https://medium.com/@Diananapoles/el-kamishibai-mexicano-65e85346cccd
“Señoritas y señores, solicito su atención. No quisiera ser molón ni granjearme sus rencores, vengo a ofrecer sin temores una pausa pa’ los males. Cuentos, historias, retales de Francia, Rusia, Bombay, éste es mi kamishibai, yo soy Enrique González”.
Después de pronunciar estas palabras, Enrique, un hombre de estatura media y lentes amplios, se acomoda frente a su pequeño escenario de madera. Entonces, comienza a relatar que en el antiguo Japón, los narradores llegaban en sus bicicletas, se estacionaban en alguna esquina y llamaban a la gente por medio de un ‘hyoshigi’, instrumento parecido a dos tablas pequeñas unidas por un cordel que se golpean una con otra.
Este objeto tiene un origen religioso, ya que los monjes budistas lo utilizaban para despertar a las deidades que dormían en los altares, antes de iniciar la ceremonia. Enrique cuenta que una vez que los narradores adoptaron el ‘hyoshigi’ para llamar a la gente en las calles, ocurrió un cambio simbólico muy interesante, ya que el narrador oral se convirtió en sacerdote, mientras que el público pasó a ser la deidad. El kamishibai, también llamado “teatro de papel”, se utilizaba en el siglo XII. Se trata de una especie de teatro ambulante que se sostiene en tres palos de madera. El narrador va contando historias mientras cambia las ilustraciones que se exhiben en su pequeño escenario.
Según Enrique, cuando la televisión llegó a Japón, las personas le llamaban el “kamishibai eléctrico”. Posteriormente, en el año dos mil, comenzó a surgir un nuevo grupo de narradores de kamishibai en Japón. “Y así es como se fue creando una nueva corriente a nivel internacional”.
El narrador mexicano comenta que en nuestro país hay seis personas que realizan este tipo de presentaciones. “Yo soy el único itinerante”. En el estilo tradicional japonés, “mucashi” significa “hace mucho, mucho tiempo”. Enrique acomoda las tablillas alrededor de su cuello mientras pronuncia: “Vamos a empezar este espectáculo, con la adaptación de un romance del siglo XII, que se titula ‘Romance del enamorado y la muerte’”.
¿CÓMO LLEGÓ AL KAMISHIBAI?
El narrador explica que un escritor japonés vino a México para realizar las traducciones de algunos cuentos tradicionales japoneses al español, y le pidieron que lo ayudara con las correcciones. “Un día estábamos descansando y empezamos a bromear con la idea de hacer un espectáculo donde se mezclaran tradiciones artísticas japonesas con mexicanas. Hablábamos de mezclar, por ejemplo, la lotería con juegos japoneses”. El invento se llamaría el “Kabuki tapatío”. Enrique recuerda que fue entonces cuando el autor nipón mencionó el kamishibai.
Después, le explicó cómo los narradores llegaban en sus bicicletas, ponían un “teatrito” y contaban historias. “Me dijo que se contaban con ilustraciones. Yo trataba de imaginármelo. Pensé en algo parecido al estereotipicón mexicano”.
Por aquel entonces, Enrique tenía 33 años. Como se sintió interesado por este arte, decidió documentarse en la embajada de Japón, pero no encontró gran información sobre el kamishibai. “En aquella época no había internet y documentarse era un relajo”. Por fortuna, después de una ardua búsqueda, encontró dos capítulos de una novela en la que aparecían los narradores de kamishibai. “A partir de ahí empecé a experimentar con escenarios hechos de cajas de cereal. Hace diez años que decidí lanzarme”.
EL INICIO
Enrique estudió periodismo y fue reportero en diferentes ciudades. “Estuve en ‘La Voz de la Frontera’ en Mexicali”. Una vez tomada la decisión, el narrador renunció al periódico donde trabajaba y se fue a Puerto Peñasco, Sonora. “Ahí comencé”.
El cuentista confiesa haber realizado hasta el momento cerca de tres mil representaciones en diferentes estados del país. También señala que la primera vez que vio una función de kamishibai fue en televisión. Se trataba de un video y le pareció una técnica muy difícil. “Parecía que el narrador iba a matar a un tigre con las manos. Se percibía el gusto que le infundía estar narrando y todo ocurría en un lapso de treinta segundos”.
Su primer pensamiento fue: “Nunca voy a poder hacer esto”. Al inicio, Enrique pensó que sería dificilísimo. “La primera vez que lo intenté en público, estaba muy tenso de pie junto al kamishibai y no me animaba a decirle a nadie: ‘Escuche esta historia’. Pasaron quizá unas cuatro horas para que me animara a hablarle a la gente”.
Cuando Enrique empezó a contar su primer cuento, tenía la garganta cerrada y apenas podía hablar. “La primera función fue afuera de un restaurante llamado El delfín amigable, en Puerto Peñasco”. La gente se juntó y les gustó. En una de sus presentaciones, pasó por ahí el dueño de un barco que hacía recorridos turísticos. “Al señor le gustó mi trabajo y me invitó a contar mis historias en el barco durante los recorridos alrededor de la bahía. Era todo un relajo porque con el oleaje el teatro se me caía, entonces me propuso hacer tres agujeros en la cubierta para meter las patas de la estructura y que pudiera sostenerse mejor”.
Enrique cuenta que aquella acción le pareció un “detallazo”, ya que prácticamente tuvo que alterar su propiedad para adaptarla a su espectáculo. “Fue muy padre. Al público le cayó muy bien la idea de narrar en el barco”.
ANÉCDOTAS CON EL PÚBLICO
En una ocasión, Enrique fue invitado a presentarse en la Sierra de Durango, en un lugar recóndito llamado Sierra de La Michilía. El narrador cuenta que llegó a la escuela y todos los niños y maestros se juntaron en un salón. “Tenía a un público de treinta personas. Los niños quedaron fascinados y prácticamente me obligaron a repetir la función que estaba compuesta por cinco historias. Luego, mientras yo estaba apuntando, fueron a buscar a sus padres y tuve que repetir una tercera ocasión toda la función”.
Enrique recuerda que cuando ya se estaba despidiendo, los niños desaparecieron, lo cual se le hizo muy raro. Sin embargo, al ir saliendo del pueblo en la camioneta, había una curva en una loma, y todos los niños estaban ahí, esperando a que pasara. Entonces, cuando lo vieron, empezaron a gritarle: “Adiós artista”. “Te juro que iba con la garganta así, en un puño. Era impresionante. Me conmovió mucho”.
En ese viaje, Enrique recuerda que en Súchil, terminando una función en la plaza del pueblo, un señor mayor se le acercó a abrazarlo. “Me puso una mano en el hombro y me dijo: ‘Quiero decirle que ese cuento me lo narraba mi abuelito cuando yo era niño y me lo contaba de esta manera…’”. Después, empezó a relatarle el cuento mientras por la cara le escurrían unos gruesos lagrimones. “Qué bárbaro, le tuve que pedir que ya no llorara porque me estaba haciendo llorar a mí también”.
CÓMO RESCATAR ESTA TRADICIÓN ORAL
Al hablar acerca de si sería posible preservar esta tradición oral en nuestro país, Enrique señala que sí. Además, indica que la cultura mexicana, más que visual, es sonora. “El mundo nos entra por las orejas. Cuando somos niños y nos llevan al mercado, lo primero que conocemos de la comunidad son los sonidos, aquí en la región es muy famoso el pregón de los comerciantes: ‘¿Qué anda llevando?’. En otros lugares es: ‘¿Qué va a llevar reinita?, pásele güerita’”.
El narrador itinerante explica que aprendemos la vida por las canciones que escuchamos, “nos despertamos con las mañanitas que cantaba el Rey David”, es decir, tenemos una riqueza auditiva muy valiosa. “Las abuelas y las tías, acostumbran contarnos cuentos o leyendas. Todavía creemos en aparecidos y demás, precisamente porque es parte del imaginario colectivo que va pasando oralmente de generación en generación”.
Enrique comenta que a pesar de que han pasado más de quinientos años, todavía hablamos de La Llorona como una entidad viva y cercana. “Creo que el kamishibai sí puede tener un espacio propio dentro de la cultura mexicana. Evidentemente no será el mismo, porque cambia la sensibilidad del narrador, del público y cambian las historias. Tal vez hay cuentos que yo puedo contar y que otra persona no contaría porque no los siente propios, pero podrá contar otros”.
Asimismo, el narrador dice que ha impartido un par de talleres con niños en El herreño, Coahuila, por parte del Programa Nacional Salas de Lectura de Conaculta. “Los niños hicieron su escenario de cartón, pero no hubo oportunidad de reforzar la experiencia”.
De la misma forma, indica que tiene un proyecto con algunos miembros del Taller de Gráfica El Chanate, para fabricar un kamishibai tradicional con todo y su bicicleta, “tal como era en Japón, la única variante sería que ellos quieren hacer las ilustraciones en grabado”. Además, este conjunto de artefactos artísticos se agregarían al Chanate Móvil, según explica. “Yo creo que lo tendremos listo para finales de enero”.
SUS CUENTOS FAVORITOS
Enrique dice que sus cuentos favoritos siempre son los que va a dibujar, es decir, los que están en el futuro. “En este momento estoy entusiasmado con dos: uno para adultos que se llama ‘Como en las películas francesas’, y un cuento para niños, ‘Tlacuache ladrón del fuego’. El cuento para adultos, es breve, y dice: ‘Después de hacerle el amor, encendió un cigarrillo y lo fumó en silencio, como en las películas francesas. Apagó la colilla presionando fuertemente contra el cenicero, se vistió y salió sin despedirse, como en las películas francesas. Al llegar a su casa, encontró a su mujer acostada con otro, como en las películas francesas’”.
ADAPTAR UN CUENTO A KAMISHIBAI
Sin duda, la técnica tiene sus complicaciones, como todo. Enrique dice que un cuento para kamishibai debe tener una duración aproximada de ocho imágenes, no más. “A veces uno puede extenderse a doce o catorce imágenes, pero se tiene que ser muy ágil para cambiar las imágenes de manera que no produzcan tedio en el público”. El artista dice que se trata de una combinación entre brevedad, amenidad, agilidad y énfasis.
Para Enrique, el detalle de la adaptación implica preguntarse dónde va a quedar cada imagen, dónde iniciará la siguiente y cuál será la ilustración que corresponda a cada una de ellas.
“Hay otras alternativas que son muy parecidas al kamishibai. Por ejemplo, el manga, que es el descendiente directo de esta técnica. El manga lo encontramos en las revistas de historietas japonesas, en español le llaman novela gráfica. Resulta que cuando el kamishibai desapareció en los años sesenta, varios de los ilustradores se quedaron desempleados y, por ello, se convirtieron en dibujantes de manga”.
Finalmente, Enrique dice que le hace falta difundir más el kamishibai, ya que mucha gente todavía no lo conoce. “Las personas que saben de este tipo de narración son una gota dentro de una alberca. Así que yo seguiré por las calles con mi disfraz de incógnito”, concluye.
Twitter: @diananapoles
 En este post pueden ver algo de él y acá algo más de este arte y acá más
Que lo disfruten!

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