sábado, 3 de marzo de 2012

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Raíces del Cuento Popular en Colombia

Elisa Mújica

Generalidades

El cuento popular no es tan ingenuo como parece. Tampoco tan sencillo. En todos los países y todas las culturas, entre los celtas, indostanes, persas, árabes, así como chinos, germanos y vikingos, se ha cultivado desde la antigüedad más remota, desbordante de un placer de vivir que sobrepasa cualquier propósito didáctico deliberado, y con sorprendente identidad en los temas y los tratamientos. En el Reino de la Nueva Granada, a la llegada de los conquistadores españoles, la mentalidad de los nativos flotaba aún en el ciclo cosmogónico, bañado en ocasiones de grandeza y en otras de pavor, sin desarrollar el grado requerido por esta forma de narración, profunda en el fondo pero ligera y juguetona en la superficie. Quienes nos la trajeron fueron los invasores, convertidos en encomenderos a raíz de la fundación de Santafé de Bogotá, en la parte central del territorio a que se refiere este trabajo. Sin dejar de combatir a tribus como la de los valientes muzos que les presentaban resistencia, vertieron en los oídos ya entregados su religión, sus costumbres y su lengua y, como instrumento precioso de acercamiento y comunicación, utilizaron los cuentos. Los mismos que, más o menos modificados por el tiempo, escuchamos también nosotros, de niños, y que desde entonces nos acompañan como si hubiéramos entrado a formar parte de su trama.

En España los habían contado las abuelas a sus nietos en las noches de invierno, sin sospechar seguramente que al poblar la imaginación de los pequeños con seres brillantes y fabulosos: genios, gigantes, ogros, duendes, princesas encantadas y encantadoras, abonaban el terreno para que ellos los encontraran en persona, cuando desembarcaran en América. Aquí no era sólo la naturaleza exótica y desbordada la que fingía a sus ojos las figuras insólitas. ¿Acaso los ex soldados de las guerras de Italia, labradores extremeños, artesanos andaluces, escuderos castellanos, no reproducían rasgo por rasgo a los héroes de los relatos infantiles, inspiradores igualmente de muchas novelas de caballería? Habían obedecido una voz interior que les mandaba abandonar lo seguro y conocido para cumplir la misión increíble de descubrir un mundo y plantar una cruz. Después regresarían a su patria a divulgar las hazañas, comparables a las del pasado, si no se quedaban a fundar nuevos pueblos.

Ya sabemos que en la Península, con pasmosa anticipación a las teorías sociales más avanzadas inclusive de nuestra época, pugnaban por imponerse los principios cristianos de comprensión y convivencia con los dueños de las tierras acabadas de despertar. A cuatro años apenas de la fundación de Santafé, Carlos V promulgó por influencia de Las Casas la disposición que suprimía las encomiendas y aseguraba a los naturales el justo disfrute de sus posesiones. Es cierto que al fin y al cabo la institución se mantuvo y que en nuestro país Jiménez de Quesada se vio en apuros para salvar al visitador Montaño, encargado por la Corona de aplicar la providencia, al que pretendían ahorcar los furiosos encomenderos. Pero no todo podía ser apetitos egoístas. A las encomiendas ya no las manejaban únicamente los hombres. Las mujeres, esposas, hijas, hermanas, habían venido, siguiendo los pasos de sus varones. En los atardeceres, concluidos el adoctrinamiento y las labores ordinarias, se reunirían con sus subordinados, para enseñar a las indias a confeccionar sayas y jubones y a preparar platos de cocina a usanza de Castilla.

Por esas fechas, Rodríguez Freile escribía en Santafé, y Juan de Castellanos en Tunja. De los labios de las españolas saltaría el cuento, o "poesía narrativa" como ha sido denominado, hermano del romance 1 y, como éste, transportado a las cortes de Europa por los juglares y trovadores de la Edad Media. A los oyentes noveles les revelaría un enjambre de palabras intencionadas, maliciosas, forjadoras de un reino de fantasía que los atrapaba, igual que antes, mucho antes, habían hecho con los expedicionarios. La suerte no estaba jugada todavía. Si se cambiaban las cargas, quizá fuera para ellos, los en apariencia perdedores, que se hallaba reservado rescatar a la princesa cautiva y salvar los tesoros que le pertenecían a ella sola.

No hay constancia sino en pocos casos de los nombres de las instauradoras en la Nueva Granada del hogar doméstico como hasta ahora lo hemos practicado. A la mayoría se las llamaba encomenderas simplemente por ser las esposas de los amos, pero existieron las que por viudez o herencia paterna ejercieron el mando directo. En ese orden se cuenta doña María de Ávila, como informa Rodríguez Freile a propósito de un robo sacrílego cometido por un indio hacia el año 1570, en la encomienda de dicha dama, que comprendía la jurisdicción de Síquima y Tocarema. Es el mismo cronista de El carnero quien nos habla de la bella Jerónima de Orrego, hija de Antonio de Olalla y heredera de la encomienda de Bogotá, cuyo enamorado, el oidor Auncibay, mandó construir la calzada entre Techo y Puente Aranda, a fin de visitar con mayor comodidad a su amada. Junto a las esposas y las madres hacían acto de presencia las tías, dotadas especialmente al parecer para captar lo que hay detrás de las cosas. Ante nosotros las representa doña María Ramos, cuñada de Antonio de Santana, el encomendero designado por Quesada para administrar el territorio extendido entre la laguna de Fúquene y las minas de Muzo. Doña María, hallándose en oración, contempló el cuadro de Nuestra Señora del Rosario (después de Chiquinquirá), mandado pintar por don Antonio en 1570, "descender de donde lo tenían colgado y permanecer en el aire, renovada y resplandeciente su pintura", como reza el relato del milagro. Ningún otro dato poseemos sobre ella pero bastan ese instante y ese nombre para recordarla.

Analfabetos en su mayor parte los españoles aventureros, se orientaban perfectamente sin embargo en la floresta de títulos mágicos en boga por esas calendas, pues los libros del género existentes entonces se habían compuesto con base en narraciones orales. Una de las colecciones era la muy curiosa Disciplina clericalis, del judío converso Rabí Moseh Sephardi, bautizado en Huesca —la vetusta Hosca romana— en el año 1105 con el nombre de Pedro Alfonso. La formaban proverbios árabes, versos, fábulas de animales y 30 cuentos, los más antiguos consignados por escrito en castellano, cuya casi totalidad habría oído de viva voz el converso. Para librarlos de su posible pérdida decidiría recogerlos, actitud imitada a principios del siglo XVI —que es el que principalmente nos ocupa— por el librero valenciano Juan de Timoneda en El patrañuelo, con más de cien novelas cortas. Y a finales del 1700 por los Hermanos Grimm y por Charles Perrault, con la tradición cuentística germana y gala, incluidas en la primera, entre muchas más, las historias de Blanca Nieves, Hans y Grethel y El flautista de Hamelin, y en la segunda Piel de asno, Caperucita Roja y Barba Azul. Aquí no sobra una advertencia sobre que estas últimas, y otras del mismo Perrault, caerían quizá en el campo de lo equívoco y truculento, de no salvarse gracias al aliento y encanto únicos que, sin saberse cómo, lo colectivo y anónimo insufla en sus obras, preservados afortunadamente por el escritor francés.

Boccaccio fue uno de los autores que, sin desvirtuarlos, aprovechó argumentos contenidos en la Disciplina clericalis, prefiriendo los más atrevidos como las historias "en triángulo" o el de la suegra que sugiere astucias a su nuera para burlar al marido (a la Edad Media puede atribuírsele todo, menos la timidez y la hipocresía). Derivaciones del libro del judío español se perciben así mismo en las famosas "fablillas" francesas, donde hablan los animales para diversión humorística que no excluye lo erótico, no para aconsejar prudentemente a los humanos al modo del Calila y Dimna o de las Fábulas de Esopo, vertientes del relato breve, distintas del folclórico —no olvidemos que "folclor" significa ciencia del pueblo—, como lo son también los apólogos y las vidas de santos.

Sería imperdonable no citar al contemporáneo de Boccaccio, el Infante Juan Manuel, quien con su Libro de Patronio o Conde Lucanor fijó en nuestro idioma los cimientos del cuento "literario" o "de autor", del que aquí no se trata. A pesar de eso, y del acento ejemplarizante de Don Juan Manuel, del cual son ajenas como ya se expresó las producciones auténticamente populares, los campesinos boyacenses repitieron durante centurias, casi hasta hoy cuando los ha hecho enmudecer la técnica, cuentos sacados del Conde Lucanor. Así lo certifica alguno recogido por mí e incluido en este volumen. Boccaccio, Cervantes y aun Andersen explotaron esa mina. Los españoles, desde luego, se habían familiarizado más pronto que el resto de los europeos con Las mil y una noches. Las cantigas del rey Alfonso y series posteriores se valen del inexhausto filón de inspiración oriental. En esta parte cabe anotar cómo las narraciones originarias de un país realizan una especie de interacción al ser trasladadas a otro, donde no sólo se reproducen sino que de allí regresan un tanto modificadas, para servir de molde a otras variantes. Tal el caso de los cuentos de Timoneda en El patrañuelo ya aludido, que volvieron italianizados a España.

En nuestros días y en Colombia, quien mayor cosecha ha obtenido en la tarea de preservar el legado tradicional es el doctor José Antonio León Rey, autor de los libros El pueblo relata y Tierra embrujada, si bien existen más recopiladores notables como Rafael Jaramillo Arango y Antonio Molina Uribe. Para perenne regocijo de grandes y chicos don Tomás Carrasquilla reconstruyó con su gracia habitual En la diestra de Dios Padre, pequeña obra maestra escuchada por él a una vieja antioqueña. En el mural de la Academia Colombiana, no muy lejos del gaucho Martín Fierro, aparece su protagonista Peralta, provisto de la baraja que usó diestramente para engañar al diablo, despoblar el infierno y ganar en la otra vida y gracias a su humildad un puesto muy cercano al del Padre.

Fray Pedro Simón en sus Noticias historiales brinda una muestra muy diciente de la fusión de los dos elementos, el foráneo y el autóctono, a fin de elaborar un nuevo fruto participante de ambos. Mientras desempeñaba en Sogamoso y Tunja su labor doctrinera, y explicaba el misterio supremo de la Encarnación del Hijo de Dios, se enteró de una historia corriente entre los nativos, sobre que dos hijas vírgenes del cacique de Guachetá habían adoptado la costumbre de subir, apenas comenzaba a amanecer, a una de las colinas que rodean el pueblo, donde esperaban mirando al oriente los primeros rayos del sol, de modo que brillaran sobre ellas. Al cabo de varias semanas el demonio, por permiso de Dios, cuyos juicios son inescrutables —comenta fray Pedro— hizo que una de las doncellas quedara embarazada y declarara que por el sol. A los nueve meses dio a luz "una grande y valiosa ‘guacata’, que en su lenguaje es una esmeralda". Envuelta en algodón la colocó entre sus senos, donde se transformó al poco tiempo en una criatura viva.

En el relato chibcha de El niño de oro, escondido por los últimos mohanes en las cuevas del Furatena para mejor librarlo de la codicia de los extranjeros, aún se le oye llorar por los vericuetos de aquellas montañas, testigos un día de las súplicas de muiscas y caribes a sus dioses. Con su llanto desorienta a los buscadores de fortuna, pero si un guaquero consigue atraparlo y le traza una cruz en la frente, pronunciando las palabras rituales del bautismo católico, el niño se trasmuta en tunjo de oro. Con criterio racionalista podría interpretarse esa anécdota como marcada por la desgraciada circunstancia de haberse derramado a la vez sobre nuestras tierras el sacramento de la vida y la rapacidad blanca. No es así, sin embargo, como me lo enseñó el profesor Mario López, conocedor de estas cuestiones. El llanto infantil no implica la existencia del niño, mera ilusión fantasmal que asusta en las horas nocturnas y enmudece a la salida del sol. Al oírlo los que viven en el campo se persignan y se ponen a rezar.

Otras apariciones como las de la Madremonte, la Patasola, el Hojarasquín y la Tarasca, ocupan puesto en la legión de los seres intermedios entre las criaturas de la luz y los entes subterráneos, rezago en todas las civilizaciones del miedo ancestral a la naturaleza todavía no dominada. Se trata de los guardianes de frontera, dotados de poderes extraterrenos, por lo cual conviene no desafiarlos. Al decir de Arturo Escobar Uribe, en su obra Mitos y leyendas de Antioquia, crecen alimentados por ingredientes aborígenes, africanos e ibéricos. Respecto a los mohanes —o mejor mojanes—, el mismo Escobar Uribe cita a los cronistas Cieza de León y Fernández de Oviedo, que los registran como moradores de los ríos y lagunas. Por cierto que en la de Ubaque residía uno. Actuó sin quererlo —escribe Rodríguez Freile— en beneficio de un cura español que supo fingir exactamente la voz del genio de la laguna. Así se apoderó de las riquezas de un cacique.

Tales invenciones se emparentan con las de las ánimas en pena, y aun con las del diablo que celebra pactos por la venta del alma, prodigadas en Occidente desde la Edad Media. A las primeras se adscribe aquella tan acerba de "María Mandula, que volvió de la otra vida por sus asaduras", recordada por muchos con el escalofrío de placer y terror que nos recorrió cuando la escuchamos por primera vez. O la del jinete montado en un caballo negro, a quien una vieja pide candela para encender su chicote, que, cuando se marcha, deja en el aire el reflejo metálico de su sonrisa de dientes de oro, por la cual nos enteramos de que es el enemigo. Pero a algunos cuentos de este tipo no les falta un delicado y hasta tierno toque de humor, como el del muchacho valiente que se queda a dormir en un cementerio donde gana la amistad de un esqueleto, al que decide alimentar. El esqueleto se ve obligado, para no decepcionar a su amigo, a tragar la comida, que naturalmente se le escapa en seguida por las costillas.

El propósito vindicatorio de obtener por ingenio y ardides lo que la fuerza y la jactancia de los poderosos niegan a los pobres, subyace en las mil aventuras condimentadas de agudeza de Pedro Urdimales. Triunfar por una habilidad como la suya equivale a matar al dragón. En cambio el pícaro Mano Conejo o Tío Conejo, cuyas pintorescas andanzas alegran el folclor nacional, parece trasunto del duende, elfo o gnomo europeos, que alecciona al humano sobre cómo ayudarse por medio de la astucia. En El pueblo relata, el doctor León Rey trae tres variantes de una de las escaramuzas conejiles más audaces, como fue la de apoderarse de las pieles del tigre, del león y del zorro, y presentarlas a Nuestro Señor a fin de obtener un aumento de estatura. En otra versión que sobresale por su vocabulario picaresco, recogida por mí de Margarita Parra, mujer que habita en Chiquinquirá como una de las postreras contadoras de esa sección del país, no figura el zorro sino el oso. Y en una quinta variante publicada recientemente por Octavio Marulanda en la revista Aleph, se torna aún más arriesgada la empresa del roedor al comprometerse a entregar las lágrimas del tigre, los dientes del caimán, la culebra y las abejas. El final es el mismo en las cinco: el burlador sale a su vez burlado porque únicamente consigue que el Señor le haga crecer las orejas.

Margarita Parra opinaba de Mano Conejo sin disimular su admiración: "tan chirritico y tan bandido que es", calificativos compartidos por cuantos saboreaban las aventuras, aunque al contarlas a los niños resultaba preciso eliminar algunos detalles, no tan medidos y circunspectos como hubiera podido desearse. La dificultad de deslindar lo popular y lo infantil, coincidentes en puntos claves como el concepto de lo real, del que parte su recreación idealizada —nunca escapista— influye en esa propensión a pulir y desinfectar, que tiñe de insipidez y esteriliza muchos relatos.

Con fundamento en la narración criolla sería tal vez posible sacar a luz una fisonomía de nuestra gente muy distinta a la melancólica que solemos atribuirle. Esos hombres y mujeres a quienes topamos por caminos y mercados, o asomados a la puerta de sus ranchos, doblegados y miserables, que, si sus patrones les formulan una pregunta, responden con el evasivo "¡Quién sabe!" y no vuelven a desplegar los labios —así lo verificó hace más de un siglo don Manuel Ancízar en su peregrinación por los parajes que enmarcan estas páginas, y no han variado las cosas—, son sin duda dueños de un universo interior maravilloso. Lo habitan seres vestidos de esmeraldas, paladines de la justicia, la gracia y la ternura, dotados de alegría de estirpe boccacciana y rodeados de animales parlantes, lagunas encantadas y palacios resplandecientes. Como el cuento fue su maestro insuperable de español, y éste era el del Siglo de Oro, guardan los giros y vocablos y, sobre todo, el sabor de esa edad, más genuino entre más alejada de los centros poblados sea su vivienda, en regiones montañosas y de difícil acceso. Su gusto por las palabras que les cuesta trabajo pronunciar y con las que riegan sus descripciones, nace probablemente de que les suenan con la repercusión de fórmulas mágicas. Las repeticiones, frecuentes por otra parte en la narración de viva voz —que necesita apoyarse en esas muletas—, se distinguen de la reiteración ritual, como la de las tres pruebas a que se somete indefectiblemente el héroe, o la del siete, número de medida y conjuro (por ejemplo, en las botas de siete leguas). El protagonista principal ha de ser hijo único o el menor de tres hermanos, o padecer de alguna debilidad física —recuérdese al patito feo—, en lo cual se revela la marca misteriosa de un destino superior.

Los personajes de Margarita Parra, antes de librar una batalla decisiva utilizan frases convencionales como: "¡Ah malhaya un vaso de agua, un bocado de pan caliente y el beso de una doncella para matar a esta serpiente!", que se interpreta: a fin de vencer al espíritu del mal, representado por la culebra, hay que ponerse de parte de la vida, emblematizada en el agua, el fruto de la tierra y el amor de una virgen. En cuanto al "¡Ah malhaya!", es una interjección en desuso equivalente a "¡Ojalá!". Entre docenas de voces de esa laya empleadas por los campesinos boyacenses se destaca "pena de la cabeza" con la acepción de "pena de muerte". La utiliza Casiodoro de la Reina en su traducción al español de la Biblia, efectuada en 1569 y leída aún en las iglesias protestantes.

Es clásico en nuestro folclor comenzar las historias con la fórmula "Había un par de casados", que se completa por el anuncio de la categoría de la pareja, generalmente de reyes como corresponde a la importancia del mensaje que va a trasmitirse. Los jóvenes son príncipes o princesas y, en algunos casos, las muchachas reciben el título de virreinas, en reminiscencia tal vez de la época colonial. Escasean los nombres propios pues se trata de prototipos: el rey o padre, la madre, el príncipe o héroe, el hermano, la encantadora, la ogresa o bruja. El apelativo Juan o Juana caracteriza al pueblo y concede por lo regular a quien lo porta la calidad de agente sobrenatural. Hay excepciones, claro está, como la del consabido Peralta o la de Sebastián de las Gracias, el desenvuelto mancebo a quien, para volar al encuentro de Agraciada, su novia, presta sus dos alas el águila real, la misma que apaga su sed bebiendo ríos enteros como si fueran sorbos de agua.

A pesar de la intemporalidad y aun inespacialidad de un género definido como "puramente estético", nuestros contadores logran la proeza de armonizar los signos arcaicos con los paisajes, hábitos y creencias locales, para lo cual les basta el colorido de su habla. Del mismo modo que en los pesebres navideños, decorados en muchas casas campesinas, se viste a toscos muñecos de barro con el ropaje de los Reyes Magos, en los cuentos colombianos los monarcas milenarios obran como los caciques y gamonales. Mantienen a su servicio peones torpes o ventajistas, hospedan a los viajeros que van tras de algún contrato jugoso, y se comprometen a dotar de agua a la villa sedienta o a limpiarla de animales dañinos, quizá dragones que devoran a las doncellas.

La imagen deliciosa de las hadas madrinas no cuajó en cambio en los relatos autóctonos. Para cumplir su función los aldeanos apelaron a la propia Virgen María, como mediadora que no admite réplica. En nuestra versión de Hans y Grethel, ella guía a los niños perdidos y suministra a la niña la cola de ratón que ésta pasa por la hendija a la ogresa para hacerle creer que no engorda. Personifica el poder femenino de súplica, vigente en la tradición universal y que hasta ahora la mujer había ejercido. Como símbolo de vida, acepta pasivamente que el héroe la conquiste mediante un trabajo difícil —requisito previo al lecho nupcial— pero en ocasiones disfruta del privilegio de escoger, en lo que se muestra exigente y caprichosa y aun se equivoca, al no advertir en el sapo repugnante que la acosa al príncipe encantado. A ejemplo de María ofrece su constante ayuda y, hasta en el propio recinto infernal, aconseja con valor e intrepidez para burlar al demonio, a quien —hay que admitirlo— parece conocer bien. Sagaz e inteligente, compensa con creces su debilidad física y llega a desempeñar el rol de heroína, como en una de las más bellas creaciones, "El árbol que canta, el pájaro que habla y la fuente de oro", original de Las mil y una noches y de la que poseemos varias versiones, en la cual es la princesa quien se apodera de los tesoros negados a sus hermanos mayores. En fin, la mujer abre la puerta prohibida o incita a romper el veto, desencadenando con ello la acción del relato.

Tampoco resulta raro que el ayudante prodigioso adopte fisonomía masculina y que, bajo los rasgos de ángel o de genio, auxilie al que emprende la riesgosa aventura. En "El príncipe peliador", sorprendente historia escuchada en la zona de Maripí, departamento de Boyacá —que perteneció al encomendero mentado al comienzo, Antonio de Santana, cuyo apellido ostentan todavía muchos de sus habitantes—, actúa una mezcla de sacerdote y mago apodado el rey-adivino. Le corresponde reconstruir coyuntura por coyuntura el cuerpo del príncipe asesinado, hasta que de nuevo adquiere movimiento y resucita. Por su parte el héroe había templado desde su infancia su espíritu y su brazo en combates contra los animales feroces —metáforas del mundo inferior— y robado a la leona que duerme con los ojos abiertos la leche con que después lo fricciona su amigo. Así como vencido al sapo-salamandra, encarnación medioeval del ser fabuloso que puede vivir en el fuego, manejada con propiedad y desparpajo por los narradores, como si no fuera para ellos remota y extraña.

A su cita con la ficción anónima acuden igualmente las demás manifestaciones de la naturaleza. Casi no hay héroe que al iniciar sus andanzas no aproveche la complicidad protectora de un árbol —un "palo" como lo designan escuetamente los aldeanos— o no trepe a sus ramas para avizorar el peligro que lo amenaza. Bajo un espeso ramaje henchido de voces premonitorias se enteró el compadre pobre de los secretos que le habían de deparar salud y fortuna, para eterna congoja del compadre rico. Hay árboles que conceden deseos y otros que cierran el paso levantando murallas inextricables como en "La bella durmiente del bosque", los que amedrentan con sus burlas a los desprevenidos y los que crecen como escalas hasta el cielo, árboles con hojas de esmeraldas y de ópalos, cuyos frutos de rubí adquieren milagrosamente el sabor apetecido por quien los prueba, o que cantan o alumbran en la oscuridad. Yo hubiera ambicionado, en mi labor de reunir relatos de la citada zona noroccidental boyacense, gozar con la mención de las mariposas y las esmeraldas de Muzo, de las que escribió Pablo Neruda: "...en aquel país las mariposas, especialmente las de la provincia de Muzo, brillan con fulgor indescriptible, y en aquella ocasión, después de la ascensión de la esmeralda, el espacio se pobló de mariposas... como si hubiera crecido entre nosotros, atónitos poetas, un gran árbol azul". Pero los campesinos de la región no se acuerdan de las primeras y apenas nombran a las segundas, como si se repitiera también aquí el impedimento que nos dificulta apreciar lo que tenemos más cerca. La leyenda sobre los suspiros y las lágrimas de la hermana incestuosa del cacique Hunzahua, de los que habrían brotado las criaturas aladas y las joyas verdes, suena como apócrifa.

En lo relacionado con los animales, se hallan siempre presentes, con perfiles antropomorfos y singulares. El perro es el guardián y el fiel amigo, y el gato a pesar de sus enigmas no inspira desconfianza, mientras que las aves actúan como mensajeras del más allá, y los insectos otorgan provechosos avisos. El cuadrúpedo que induce a mayor admiración mezclada con recelo es el caballo. Destinado a transportar al príncipe, lo cabalga igualmente el diablo, del que se torna cómplice. Aunque en los cuentos clásicos de cualquier procedencia el corcel realiza la misión de enlazar los dos mundos, el visible y el invisible, circulando con holgura entre ambos, lo que obviamente despierta cierta suspicacia, en nuestros aldeanos el sentimiento es más ambiguo. Casi como si reflejara alguna fijación impresa en el subconsciente colectivo por circunstancias de todos conocidas, desde la época de la Conquista.

Podrían multiplicarse los vínculos con los moldes seculares, pero aquí quiero referirme sólo a uno. Como lo han establecido los estudiosos, durante el siglo X los bardos célticos que emigraron de Irlanda al continente europeo, crearon, con la divulgación de sus romances y leyendas, el clima propicio para el fortalecimiento del cuento occidental, que sirvió de base al ciclo artúrico. Pues bien: en esa fuente germinal son comunes, lo mismo que en Las mil y una noches, las metamorfosis del héroe para engañar a sus enemigos y escapar de sus persecuciones. He comprobado que la serie de mutaciones contenidas en un cuento galés tomado de un manuscrito del siglo XIII, transcrito por Joseph Campbell en su obra El héroe de las mil caras, efectuadas las respectivas equivalencias coincide casi exactamente con las de una de las historias recolectadas por mí. Dice así la del país de Gales:

...Cuando él la vio se convirtió en liebre y huyó. Pero ella se convirtió en lebrel y estuvo a punto de alcanzarlo. Entonces él corrió hacia un río y se convirtió en pez. Y ella lo persiguió bajo el agua convertida en nutria, hasta que él se vio obligado a convertirse en pájaro y volar. Y ella, bajo la forma de halcón, lo siguió y no le dio descanso. Y cuando estaba a punto de apresarlo, él descubrió un montón de trigo en un granero y se convirtió en uno de los granos. Entonces ella se convirtió en una gallina negra, escarbó el trigo, encontró el grano y se lo comió.

En el vocabulario de Margarita Parra las transformaciones son éstas:

...Entonces el caballo se convirtió en un anillo y la muchacha se lo puso en un dedo. Cuando el mago fue a quitárselo, ella estuvo rápida y lo botó a un pozo. En el agua el anillo se volvió una sardina, y el mago un pescado grande. Empezaron a peliar y peliaron hasta que se cansaron. Entonces salieron del agua y la sardina se volvió un granito de maíz, y el mago se volvió un gallo pa irle a echar pique. Pero cuando menos acuerda, el grano se volvió un zorro. Cuando el gallo estiró el pescuezo, zas, se lo zampó el zorro.

El final feliz, típico de los cuentos populares como de los infantiles, es indispensable y no puede escamotearse. Constituye la razón de ser de lo expuesto, la lección impartida soterradamente pero que implica, según el pensamiento de Campbell en el libro citado, "la trascendencia de la tragedia del hombre". O sea que, en conclusión, el cuento popular se asimila a la historia del ascenso del alma a la cumbre mística, donde recibe la recompensa soberana por haber perseguido hasta la muerte los valores que justifican haber nacido.

Ficha bibliográfica

Titulo: Raíces del Cuento Popular en Colombia
Edición original: 2004-02-20
Edición en la biblioteca virtual: 2004-02-20
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Elisa Mújica
Notas: Texto de Elisa Mújica.

Investigación tomada prestada de esta página

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