martes, 15 de noviembre de 2011

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Palabra juguete, palabra caricia, palabra alimento para crecer feliz Mtra. Lic. Magdalena Helguera

Un excelente articulo que nos invita a reflexionar

HELGUERA, Magdalena (2003), “Literatura Infantil y Educación en Valores”, Ponencia presentada Encuentro de Escritores organizado por Ciudades Educadoras, Intendencia Municipal de Montevideo - 14/5/2003

Pocas veces en los años que llevo participando en encuentros, congresos y otros eventos he visto una preparación tan intensa –y extensa– como la que las organizadoras de esta jornada han llevado adelante. 
En lo que a mí respecta, cuando recibía mails con respuestas a mis consultas, con trabajos de otros ponentes o con invitaciones a reuniones sin ser capaz de ponerme a la altura de tanta dedicación y responsabilidad, a punto estuve, lo confieso, de renunciar al honor que me había sido conferido al invitarme a participar en el día de hoy, disculparme explicando que me era imposible acoplarme a un ritmo tan activo de preparación, y, tal vez, solicitar los servicios profesionales de alguno/a de los implicados para tratar de reducir un poquito la culpa que tal incapacidad me ocasionaba.
Por fin –a último momento y cuando ya las ponencias de mis compañeros de mesa florecían en la red–, logré concentrar la atención, empezar a leer los trabajos relacionados con los ejes temáticos que habrían de tratarse en la jornada… Trabajos cuajados, en muchos casos, de léxico técnico y de enfoques totalmente alejados de la manera habitual de ver las cosas en los ámbitos –docentes y literarios– en los que me muevo con mayor fluidez. Logré así que me atacara un nuevo acceso de cobardía y de desorientación –esta vez casi amnésico– que me llevó a preguntarme: ¿Para qué era que me habían invitado? ¿Qué esperan que haga o diga yo allí ese sábado de tarde? 
Las palabras extrañas bailaban y se entrechocaban en mi cabeza. Extrañas, pero no tanto, porque estaba bien claro lo que estaban diciendo, al punto que finalmente tuve que preguntarme si yo realmente no podía o no quería entender.  Porque en esos artículos se hablaba de niños, niñas y bebés solitarios en sus mundos llenos de gente, aburridos en sus mundos llenos de juguetes caros, aplanados y vidriosos como pantallas de plasma en sus mundos casi virtuales, niñas, niños y bebés con dificultades para jugar, para comunicarse con los demás y consigo mismos, para ser felices.

Mi vista y mi mente seguían recorriendo aquellas líneas y saltando por encima de los términos más oscuros como quien salta el casillero donde está la piedra al jugar a la rayuela, y unas palabras y otras –las claras, las oscuras, y las demás también, acompañando– seguían bailando, entrechocándose, saltando y dejándose saltar… Y entonces, recordé. Recordé por qué me habían invitado y por qué había yo aceptado estar aquí hace ya unos dos o tres meses, en tiempos de menos cansancio, estrés y desmemoria. 
Estoy aquí para hablar de las palabras que saltan y juegan y se dejan saltar y ayudan a jugar, porque para eso se han inventado o se han juntado unas con otras. De las palabras que no se entienden, pero a nadie le importa, porque no existen para ser entendidas sino para ser disfrutadas. ¿Qué cosas serían “Latarimbarimbarón”,  “pin uno, pin dos, pin tres, pin cuatro
o “Ay uanchumerri si si si”? No tengo idea, ni la tenía a los cuatro, seis u ocho años; tampoco lo sabían mis amigas, pero no por eso dejábamos de usarlas con total familiaridad en el patio del recreo y de traspasarlas a las nuevas generaciones de escolares, sin dudar jamás de su utilidad o necesidad; tal como recibíamos de nuestros hermanos o hermanas mayores y cedíamos a su debido tiempo a los que nos seguían las camas de baranda, los triciclos, los libros de texto o los inacabables zapatos Incalflex. 

Palabras para jugar. Juguetes gratuitos, patrimonio y derecho de todo niño o niña sea cual sea su condición social o económica, juguetes democráticos que se heredan y se regalan, no cuando el poseedor ha dejado de usarlos –como las muñecas o los autitos, que suelen llegar a su siguiente usuario ya con un brazo o una rueda de menos– sino que se entregan y comparten en pleno uso y vigor de  todas sus potencialidades lúdicas, igualmente nuevos y resplandecientes para el que da y para el que recibe. 
El traspaso de estos juguetes verbales exige, no obstante, el intercambio “intergeneracional” de niñas y niños. Y no es novedad que hoy día los juegos “de vereda” o “de plaza”, que mezclan a los de cinco con los de siete y de nueve, y a veces también al de tres, al cuidado de su hermana o hermano mayor, van quedando cada vez más restringidos a algunos pueblos o a algunos barrios, y que, en consecuencia, los niños y niñas que jamás habrán de pasar por esta experiencia se van tornando una mayoría cada vez más amplia, como van siendo una minoría cada vez mayor, en países de escasa natalidad como el nuestro, los que pueden vivir la experiencia de tener varios hermanos o primos para jugar. 

El derecho de las nuevas camadas de niños a disponer de este legado, como tantas otras cosas, ha ido quedando entonces, cada vez en mayor grado, bajo la responsabilidad de los docentes en las instituciones educativas. Hace ya unos cuantos años que solo las maestras de inicial y de los primeros grados de primaria –con el apoyo, a veces, de unos pocos heroicos abuelos y abuelas– se empeñan en defender de la muerte a La Farolera, la Blanca Paloma o el Martín Pescador (¿me dejará pasar?).
Y la pregunta es, una vez más: ¿puede la educación formal, organizada, sistemática y dirigida por adultos, sustituir esa actividad espontánea, dirigida por los propios niños y reglada bajo sus propios parámetros? ¿Qué pasará si no puede? ¿Será lo mismo democratizar el acceso al juego ofreciendo a cada niño o niña el equipamiento necesario para hacer uso – cada uno por su lado, sentados y sin mover más que los dedos– de un caudal amplio y diverso de jueguitos de video?
Pero no estoy aquí solo para hablar de las palabras-juguete. He venido también para recordar con ustedes las palabras que reciben al bebé a su llegada al mundo: su nombre, los saludos, “hola, bebé”, “¡que cosa preciosa!”, “yo soy tu papá”, incluso las consabidas comparaciones: “igualita a la mamá”, “tiene la nariz del abuelo Rodolfo y los ojos de la tía Porota”, palabras fundantes de una nueva identidad aunque poco o nada tengan que ver con la
realidad fisonómica de esa cabecita redonda y arrugada que emerge llorosa de la “primera muda”.
El folclore de los pueblos, que algunos llaman “literatura oral”, ha estado también a la orden para acompañar este primer contacto verbal del minúsculo ser humano con sus congéneres. Arrorró mi niño/arrorró mi sol … Las nanas desde el comienzo, más tarde los juegos de dedos y juegos de escondite: Esta gallinita puso un huevito…; ¿No tá? ¡Acatáaaa! Fórmulas viejas como el mundo –pero aún eficientes– que ayudan al nuevo ser a comenzar a manifestar su real plenitud de ser humano, la cual se realizará totalmente solo en la medida en que se despliegue y desarrolle su condición de “ser hablante”, y, con ella, la de “ser pensante”.
A su debido tiempo, llegará el momento de que ese ser pequeñito descubra también la palabra escrita; la palabra que, entre otras cosas, ayuda a ordenar el mundo y a entenderlo mejor, porque permite que lo que hoy fue dicho pueda ser dicho otra vez, y otra vez, mañana, pasado mañana, la semana que viene y mucho después, como ese cuento que escuchan sin cansarse ni aburrirse una y otra vez, siempre y cuando se les lea o se les cuente siempre de la misma manera, las mismas palabras y en el mismo orden. 


“Los niños pequeños –observa la escritora Graciela Montes en su obra El corral de la infancia– parecen dar mucho importancia a la materialidad del texto. Lo reconocen y esperan así como es, en su linealidad única,  y se impacientan si el que cuenta o el que lee altera una palabra, una sola, del relato. (…) Para ellos el cuento es lo que el cuento dice” (Montes, G., 2001, 59).


El descubrimiento de que un texto escrito guarda palabras, y que con ellas comunica, que lo
hace mediante el poder de la lectura y que por lo tanto vale la pena saber leer para poder apropiarse de todas esas palabras fascinantes que guardan los textos, es un paso gigante que se puede dar con pies reglada bajo sus propios parámetros? ¿Qué pasará si no puede? ¿Será lo mismo democratizar el acceso al juego ofreciendo a cada niño o niña el equipamiento necesario para hacer uso – cada uno por su lado, sentados y sin mover más que los dedos– de un caudal amplio y diverso de jueguitos de video?

Así describía otra querida Graciela argentina –“la Cabal”–, con infinita ternura y la gracia y sabiduría que la caracterizaban, cómo llegó su nieta Camila, a los dos años y medio, a ese
momento tan trascendental:

“un día en que yo estaba contándole Hansel y Gretel sin cambiar una sola palabra (ni /
siquiera una entonación) porque si no se enojaba y yo tenía que volver a contarlo desde
el principio, algo sucedió en su cabeza, porque mi nieta, que siempre me miraba la cara
cuando yo le leía, empezó a meterme los dedos en la boca y después a pasar los dedos
por las letras de la página. A mí se me estrujó el corazón: Camila acababa de intuir que
el libro hablaba, y que hablaba por mi boca. ¿Acaso en ese momento Camila también
intuyó que si el libro hablaba por mi boca podría hablar por boca de ella?” (Cabal, G.,
2001, 68-69).


Poder dar ese paso a su debido tiempo es un derecho del niño tan importante como el derecho
a la alimentación o el abrigo. El derecho a aprender a leer incluye no solo el poder leer –en el sentido de adquirir las herramientas necesarias para hacerlo: las estrategias lectoras, el código escrito y otros conocimientos lingüísticos–, sino también el querer leer, necesitar leer. Y si hasta hace algunas décadas gran parte de nuestros niños y niñas –como le ocurrió a Camila–, llevaban a cabo este segundo aprendizaje, natural y amorosamente, en el entorno familiar, hoy, en la mayoría de los casos, semejante responsabilidad recae también sobre las espaldas de las maestras, porque en las familias, incluso en aquellas en que se repite constantemente a los niños y adolescentes lo importante y bueno que es leer, es cada vez más difícil encontrar adultos que lean con pasión y con ganas y siembren así en los más jóvenes el deseo de adueñarse de ese maravilloso poder de “hacer hablar a los libros”  (Cabal, G., 2001, 66).


Hablamos ya de las palabras que ríen y de las palabras que juegan; pero también son necesarias las palabras que gritan cuando hay que gritar, las palabras que lloran para acompañar la tristeza, el abandono y la soledad, haciéndolas un poco menos amargas y más fáciles de soportar; las palabras que nos hacen sentir dolores ajenos –reales o ficticios– que nos fortalecen y sensibilizan para los dolores propios que nos ha de deparar la vida. Y aquí, nuevamente, entra en juego la literatura. Como ya dije hace unos años en otro encuentro como este,


“la literatura ofrece al lector experiencias fuertes y removedoras. (…) el lector sale del
libro diferente de como entró: sale más despierto, más sensible; (…) con mayor amplitud
de miras y mayor flexibilidad mental; sale con más capacidad de comprensión de los
sentimientos, los problemas y las dudas que aquejan al ser humano, con más capacidad
de comprenderse a sí mismo. El cuento, la novela, el poema que ha logrado atrapar al
lector queda resonándole dentro, conectándose con sus recuerdos, sus vivencias, sus más
íntimos deseos y temores.”1


Hace ya más de treinta años Bruno Bettelheim enseñó al mundo la importancia de los cuentos maravillosos –que habían pasado a ser considerados tan inapropiados para los lectores infantiles– y su aporte a la salud mental y afectiva, justamente, de esas tiernas almas a las que se trataba de proteger sustituyendo esos cuentos poblados de brujas malvadas, ogros comeniños y lobos comeabuelas por instructivas y edificantes historias en las que los niños dóciles y obedientes eran premiados y los rebeldes y decididos irremediablemente castigados. 
Recordemos algunos de los argumentos del psicoanalista vienés:


     “Los cuentos de hadas (…) llevan al niño a descubrir su identidad y vocación,
sugiriéndole, también, qué experiencias necesita para desarrollar su carácter. Estas
historias insinúan que existe una vida buena y gratificadora al alcance de cada uno, a
pesar de las adversidades, pero sólo si uno no se aparta de las peligrosas luchas, sin
las cuales no se consigue nunca la verdadera identidad. Estos cuentos prometen al
niño que, si se atreve a entregarse a esta temible y abrumadora búsqueda, fuerzas
benévolas acudirán en su ayuda y vencerá” (Bettelheim, B., 1995, 36).
 


Años después, la antropóloga y novelista francesa Michèle Petit, quien investigó profundamente “las formas en que algunas personas se hicieron o pueden hacerse más sujetos de sus destinos (…) a través de la lectura”, señalaría a su vez un efecto similarmente benéfico en la lectura de obras literarias en general: “la lectura puede ser, a cualquier edad, un atajo privilegiado para elaborar y mantener un espacio propio, un espacio íntimo, privado. (…) incluso en contextos donde no parece haber quedado ningún espacio personal.” (Petit, M., 2001, 43)


  “El lector sigue la huella del héroe, o de la heroína que se fuga. Allí, en las
historias leídas u oídas, en las imágenes de un ilustrador o de un pintor, descubre que
existe otra cosa, y por lo tanto un cierto juego, un margen de maniobra en el destino
personal y social. Y eso le sugiere que puede tomar parte activa en su propio devenir y
en el devenir del mundo que le rodea.”  (Petit, M., 2001, 45)


Por último, junto con todas las palabras que hemos hecho comparecer ante nosotros, hemos de poner sobre esta mesa también las palabras mágicas, esas que tantos dicen que no existen pero que sabemos que sí existen. Existen en los cuentos y en las novelas –como Caraclasa, la que titula mi último libro publicado– pero existen también fuera de sus páginas. ¿O acaso hay aquí alguien a quien nunca le haya sido aliviada una terrible dolencia –raspón en la rodilla, chichón en la frente o retortijón en la barriga– con palabras como “Sana sana, colita de rana, si no sana hoy sanará mañana?” Si eso no es magia, ¿qué cosa es?

Claro que esta magia tampoco funciona sola. La palabra cura junto con la mano que acaricia, ¿o es la mano la que cura, junto con la palabra que acaricia? La magia de las palabras necesita de alguien que agite la lengua como varita y, haciendo vibrar su garganta como caldero de bruja, haga estallar el sortilegio. Alguien que, como cierta abuela poseedora de cierta extraña cartera, poniéndose del lado del niño, de la niña, logre transformar el monedero vacío en “el cofre del pirata Alpargata”, un par de guantes en “dos pulpos enamorados” o un rollo de papel higiénico en “una anaconda marina”. 
Este cuento2, que es en cierto modo un homenaje a las abuelas, esos seres que –no me canso de repetirlo– si no existieran habría que inventar, me ha dado muchas satisfacciones, en especial las provenientes del entusiasmo de los niños y niñas, de muchas abuelas, de muchas madres, padres y maestras. 
Una vez, sin embargo, la alegría por el elogio y el agradecimiento vino acompañada de cierto dejo de amargura. Fue cuando una mamá –no de las más jóvenes pero tampoco demasiado mayor–, me dijo tras referirse a “esa fantasía tan linda”: “Claro, porque una abuela así actualmente es una fantasía; ¿qué abuela puede tener tiempo para jugar de ese modo con sus nietos?” Y yo, que años atrás, al escribir el cuento y anotar prolijamente lo que el ilustrador debería dibujar, había creído ingenuamente que esa forma de jugar con tan poquita cosa, con lo que se tuviera a mano (o en la cartera) –más la imaginación y las ganas– podría estar, mucho más que otras, al alcance de cualquiera… Pero el tiempo, claro; el tiempo de las abuelas de hoy, tan escaso, agitado y tirano como el de las madres y los padres, no da para esos “lujos”. 
Por suerte el libro estaba ahí, en tapa y hojas, para mi consuelo y el suyo; porque al parecer, aún en medio de las presiones laborales y las exigencias del apurado ritmo de vida actual, si no hay tiempo para transformar los dientes de un peine común de plástico en los dientes de un gigante o un vulgar pañuelo en las sábanas de Pulgarcito, todavía lo hay para recrear esas y otras transformaciones fantásticas a través de la lectura de un cuento a cuatro manos, con el nieto a upa o empiyamado en la cama.

Las características del mundo actual, en especial el de las ciudades, no facilitan precisamente el usufructo y el disfrute pleno del lenguaje directo, sin intermediarios electrónicos, tal cual fue utilizado durante milenios de evolución humana, y aún no sabemos qué consecuencias podrá esto acarrear a las nuevas generaciones que hoy gatean, corren o deambulan en los jardines de infantes. 
Pero no es cuestión de vivir en un eterno 24 de agosto, añorando lo que ya solo existe en nuestras memorias cada vez más engañosas. Lejos estoy de proponer la vuelta al pasado como ideal de vida o modelo de educación. El mundo ha cambiado, y en muchísimos aspectos ha sido para bien. 
Sin duda es un problema que las madres puedan estar con sus hijos pequeños menos horas que hace treinta o cuarenta años, sí, pero nadie en su sano juicio podría desearle a un niño o niña una de aquellas madres obligadas por la sociedad a dejar de lado estudios, trabajos y sueños en pos del cumplimiento de la labor de madre tiempo completo, sacrificio que, en tantos casos, terminaría algún día por cobrarle a los hijos en moneda de culpas, ataduras o intromisión eterna en sus vidas privadas. Es un problema que en muchas familias se hable y se lea menos que en las de sus antepasados más cercanos, pero no por ello vamos a demonizar los nuevos medios de comunicación que el raudo desarrollo tecnológico de las últimas décadas ha posibilitado.
El desafío, creo, es articular y conciliar las respuestas nuevas y viejas a las  necesidades humanas, individuales y sociales, que aunque no lo parezca son las mismas de siempre, en especial en las primeras etapas de la vida.
Yo sigo creyendo que la palabra literaria puede ayudar, y mucho; nos puede ayudar a no perdernos, a no olvidarnos de nuestro ser corpóreo ni de nuestro ser espiritual en este mundo actual tan vertiginoso que no deja mucho lugar para la magia, tal vez porque las maravillas a las que nos enfrenta cada día la tecnología, que parece más poderosa que la lámpara de Aladino, reducen cada vez más la capacidad de asombro de los adultos, y contagiamos de esta jibarización de la imaginación a nuestros niños y niñas, cada vez desde edades más tempranas. Hace pocos días, en una de las charlas a las que los escritores somos convocados desde escuelas y colegios en estas fechas, hablábamos de Juanita, una fantasma suficientemente chica como para no asustar demasiado ni siquiera a los chiquitos de Inicial con los que conversábamos animadamente en ese momento. De pronto, un niñito de cuatro levantó su mano para  decir: “pero los fantasmas no existen”. Me apresuré a responder lo que, hasta hace no mucho tiempo, acostumbraba a responder a los de siete u ocho: “En los cuentos sí existen”. Pasó un rato, otros comentarios, preguntas, lecturas, y la manita volvió a levantarse una segunda vez, y aun una tercera, para emitir ese juicio cortante que, al parecer, ya había sido grabado a fuego en aquella cabecita que aún sabía tan poco del mundo: “Los fantasmas no existen”. Y yo, porfiada como él, que sí, que existen en los cuentos y en las novelas –“y en las películas”, apoyaba un tercero –, porque allí puede existir todo lo que uno quiera hacer existir…
No tiene sentido tratar de competir con la tele o el pelotero, con la “compu” o el mundial de fútbol. No tiene sentido ni es necesario, porque nuestros niños y niñas están ávidos y abiertos a todas las experiencias y pueden tener tiempo para todo, si les permitimos tenerlo. En sus estantes pueden convivir amigablemente la XO junto al conejo de peluche, y sus oídos pueden dar cabida a los sonidos de los juegos electrónicos junto al siempre vigente reclamo de Osías, que allá por los años sesenta ya pedía “tiempo, pero tiempo no apurado”, y también “cuentos, historietas y novelas (…) de la mano de una abuela/ que me las lea en camisón”
Nos toca a los adultos hacerlo posible, nos toca buscar los caminos para que nuestros nenes y nenas de hoy y de mañana puedan ejercer ese derecho que Gianni Rodari definió tan magistralmente: “Todos los usos de la palabra para todos. (…) No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo” (Rodari, G., 1991, 12).

1
HELGUERA, Magdalena (2003), “Literatura Infantil y Educación en Valores”, Ponencia presentada Encuentro de Escritores organizado por Ciudades Educadoras, Intendencia Municipal de Montevideo - 14/5/2003

2
HELGUERA, Magdalena (2005)
Obras citadas:
BETTELHEIM, Bruno (1995) [1975], Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Barcelona,
Crítica. 
CABAL, Graciela (2001), La emoción más antigua, Buenos Aires, Sudamericana. 
HELGUERA, Magdalena (2005), La cartera de mi abuela, Montevideo, Alfaguara.
- - - (2010), Juanita Fantasma, Montevideo, La casa del árbol
- - - (2010), Caraclasa, Montevideo, Sudamericana.
MONTES, Graciela (2001), El corral de la infancia, México, Fondo de Cultura Económica.
PETIT, Michèle (1999), Nuevos acercamientos a los jóvenes y a la lectura, México, Fondo
de Cultura Económica.
- - - (2001), Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, México, Fondo de Cultura
Económica.
RODARI, Gianni (1991), Gramática de la fantasía: Introducción al arte de inventar historias,
Barcelona, Aliorna, [1973 T. Or. Grammatica della fantasia]. Trad. Mario Merlino. 

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