viernes, 4 de noviembre de 2011

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Función despedida del décimo Festival Internacional de Cuentacuentos

Por Emmanuel Videla

Narradores orales de Argentina y América latina brindaron un espectáculo de narración oral de más de una hora en la Fundación Soldi, donde cerraron una gira por el Conurbano Sur con relatos que evocaban al amor, la cotidianeidad y el origen de la vida, entre otras miradas.

Lomas de Zamora, octubre 31 (AUNO).-Los óleos que reposan en las paredes de la galería de arte de la Fundación Soldi de Glew recibieron el sábado pasado, después de las 15, a los cuentacuentos latinoamericanos del festival "Te doy mi palabra", que encantaron al público con sus relatos por más de una hora, luego de dejar su huella oral por Adrogué, Burzaco y Morón, sede en la que se realizó la inauguración de la muestra.
Puertas del auditorio que se abrieron minutos después de las tres de la tarde; telón corrido desde la llegada del público y un escenario debidamente iluminado con luces blancas no dejaban entrever ningún indicio de cuándo comenzaría la función. Pasaron algunos minutos más, y finalmente, niños y adultos llenaron el auditorio.
Sin embargo, desde una puerta que lleva al camarín, salió uno de los directores del Festival de Cuentacuentos, el narrador y autor del libro "Cuando el arte da respuestas" (texto que reflexiona básicamente sobre la gestión cultural llevada a cabo en neuropsiquiátricos y cárceles), Claudio Pansera con una cámara en brazo junto con el joven contador oral colombiano Marko Mosquera. Nadie lo notó, pero los murmullos continuaron un poco más.
Mientras tanto, en el camarín, se encontraba la argentina María Fernanda Gutiérrez, su compatriota Liliana Borel, coordinadora del Festival, y la cubana Elvia Pérez.
Sin que mediara señal alguna, irrumpió en el escenario la pionera en la narración en el Conurbano Sur, Liliana Bonel. Un silencio absoluto, que casi no se escuchó a los niños más inquietos.
Es que la narración oral es un "oficio solidario", como recordó a AUNO el director del Festival, Claudio Ledesma, así como también resaltó que "es pararse en frente del público, decir la primera palabra y la adrenalina se transforma en energía", que cautiva a todo participante.
Así, estos comentarios podrían explicar el porqué del silencio después de tanto murmullo en la sala. "La adrenalina", las ganas de escuchar y de ser escuchado se trasladó al público. Los más chicos de la sala miraban expectantes y fueron los que más se compenetraron con la magia de las palabras. Los adultos, con "guiños" por parte de los narradores, mostraban una sonrisa cómplice.
Cuatro narradores y una misma temática
La primera en narrar fue la argentina María Fernanda Gutiérrez, que se apoyó con el sutil movimiento de sus manos y pocos movimientos sobre el plató escénico. También, se ayudó en sus muecas para expresar las reacciones de algunos personajes de su relato. Muy compenetrada, una niña asombrada se dio vueltas para corroborar si detrás de ella estaba "la estrella, que tanto amaba un hombre que viajó con un cóndor para buscarla", tal como señalaba Gutiérrez en su trama.
La magia continuó de la mano del cuentero colombiano Marko Mosquera (ver a parte), que se asomó desde el auditorio y subió al escenario, donde desplegó virtuosamente, desde su voz, el recorrido tradicional de un héroe que marcha hacia lo desconocido en busca del conocimiento.
"¿Quién estuvo en la isla del canto?", preguntó la cubana Elvia Pérez, cuando entró al escenario. Además de apoyarse en la seducción de la voz como sus compañeros de la troupe, Elvia usó el escenario más que los demás. Se movió a través de las tablas y los artilugios teatrales estuvieron presentes armónicamente. Micros escenas se sucedían en torno a la historia de unos "pollitos" que buscaban a su madre y que la reconocerían por su singular canto. Aquí, el recorrido fue marcado por el amor maternal.
La última en subir a contar fue Bonel. Arriesgada y con el humor de por medio, se animó a incorporar ciertas escenas que apelaban a la complicidad de un público adulto. Contó la historia de una mujer que asustada por comerse la cena: dos perdices al horno, salió con ingenio del problema, involucrando al invitado, el "señor cura" y a su marido, que aparentemente la dominaba. El juego de palabras y el ritmo que incorporó al relato la ayudaron a que tanto niños como adultos lo disfrutaran.
Terminada la función, los aplausos y ovaciones estallaron. Cada uno de los narradores se destacó por su singularidad artística. Marko apeló a las voces del público para construir su relato y las salidas del escenario. Elvia puso en juego más que otros su lado actoral y desarrolló micro escenas bien construidas. Por su lado, con su encantadora voz, Fernanda atrapó a niños y adultos. Liliana, con una síntesis en actuación, cautivó desde una voz que expresaba las emociones de cada personaje.
Más allá de las singularidades de cada narrador, el éxito y los calurosos aplausos del público se pueden resumir desde la voz del mismo director del Festival: "Son muchas las lecturas que uno hace en el momento del espectáculo. Lecturas sobre el ruido, el público, el ambiente, lo que contó el otro narrador, de lo que va a contar el siguiente… Tratamos de leer todo eso antes de subir al escenario".

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