sábado, 4 de junio de 2011

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Quien conoce pocas palabras, piensa menos

Una nota interesante para reflexionar

tomada de El castellano.org

Para el presidente de la Academia Argentina de Letras, el destino de la lengua depende de los medios. Barcia nos alerta sobre el lenguaje de los jóvenes, recordando que hoy emplean un vocabulario tres veces más reducido que el que usaban hace una década. "El diálogo está desterrado de la escuela", advierte.


— ¿Cómo se refleja el lenguaje en los medios? ¿Estos empobrecen el lenguaje actual?
— Hay de todo. Los diarios son los que tienen tal vez el mejor lenguaje, porque para la producción del diario todavía queda un espacio de revisión, corrección y supervisión, pese a que han desaparecido los correctores y por eso se filtran los problemas. El mayor desajuste lingüístico de los diarios lo tienen los títulos porque tratan de captar la atención y lo que hacen es forzar el lenguaje, romper la sintaxis, y ahí es donde cometen desafueros sintácticos. Pero en general nuestro periodismo es bueno. Tenemos colaboraciones de hombres como Vargas Llosa o, en el caso de Tucumán, Tomas Eloy Martínez, cuando vivía; todo esto hace que mejore el nivel. Esta presencia de intelectuales no se da tan frecuentemente en televisión o en radio. En televisión tenemos géneros que son absolutamente descartables desde el punto de vista del idioma. Los géneros que hoy en día están muy desaforados son los programas de chismes; tienen dos características: pobreza y vulgaridad. En segundo lugar, son muy limitados los programas de fútbol, que es una pena, ya que la Argentina fue un modelo. Había gente de altísimo nivel y hoy quedan muy pocos: Enrique Macaya Márquez o Víctor Hugo Morales, el resto improvisa mucho y no tiene dominio del sistema. La radio presenta un desafuero lingüístico y hay demasiada letrina. Mi tesis es que una puteada, un insulto, una mala palabra son efectivos cuando son colocados insospechadamente en medio de un lenguaje terso, pero si usted lleva todo el lenguaje a una cloaca, pierde efectividad. Pero lo más grave de todo es la pobreza en materia de recursos para la expresión. El hombre piensa con palabras; si tiene pocas palabras, piensa menos. Es importante que en una democracia la gente esté habilitada para hablar, porque puede hacer sus reclamos, sus denuncias. Los pobres indígenas Tobas que están en la Avenida 9 de Julio no tienen capacidad expresiva para defender lo que quieren y entonces pasan a ser ciudadanos de segunda porque no son escuchados. El otro recurso que queda es la violencia; lo que no se dice con las palabras sale con un sopapo.


— Hoy en día existen el chateo y los mensajes de texto. ¿Eso también empobrece el lenguaje?
— Cada hablante lleva a los medios electrónicos la capacidad o discapacidad lingüística que tiene. A mí no me afecta escribir en Twitter dentro de los 140 caracteres porque aunque abrevie y anule la sintaxis, cuando tengo que escribir algo formal lo sé hacer. No es el caso del pibe que no tiene ese dominio del sistema. La pobreza lingüística de nuestros chicos es muy grave y se va acentuando año a año. En los últimos 10 años, hemos pasado de unas 1.500 palabras activas que el joven usaba a 600 palabras. Hemos reducido la capacidad evolutiva. El joven no quiere dar lecciones orales porque los docentes no conocen el dominio de la oralidad. Luego pasan a la Universidad: no hay diálogo con los alumnos y entonces, durante 15 años, una persona no ejercitó el derecho a hablar. Han convertido a la escuela en un instrumento para enseñar a leer y escribir, cuando es lo menos que los chicos hacen en la vida. Lo que más hacen es escuchar y hablar. El diálogo está desterrado de la escuela y de la sociedad argentina. En televisión dan pena las personas que están en una mesa redonda y no se escuchan. El modelo que tienen los muchachos para la muerte del diálogo está encumbrado en los mejores lugares del país. Cuando usted no le enseñó a un joven a leer antes de los 18 años (leer en el sentido de que no pueda pasar un día sin leer), entonces no ha logrado lo que tenía que lograr como docente.


— Entonces, ¿dónde aprendemos a hablar los argentinos?
— Mi generación aprendió a hablar en la mesa de casa, y cada cual tenía su turno para hablar. Mi padre era tremendo, me pedía que fundamentara cada cosa para no opinar ligeramente. Mi padre era un hombre de mediana cultura pero de mucha sensatez. Ahora, ¿dónde aprende un chico a hablar? La escuela no le enseña y en la mesa no están los padres (porque están trabajando o, si están en la mesa, hay un televisor encendido). ¿Qué les queda? El televisor e imitar a los que están en televisión. Y la televisión es "una cátedra insomne", no descansa. Hay distintos tipos de alumno "esponja", que absorben todo sin discriminación: el alumno "embudo", que se esfuerza por retener algo y se le va todo; el alumno "colador", que se queda con la porquería y deja pasar lo bueno; y aquel que se queda con el grano.


— Alguna vez usted dijo que los periodistas eran inocentes cuando le preguntaban acerca de las malas palabras.
— El que es ingenuo es el que espera que un presidente de la Academia, como yo, se sorprenda frente a malas palabras. Por mi oficio estudio las malas palabras, las defino y las incorporo en el diccionario. Para mí es como trabajar en un laboratorio con gérmenes; no ando contaminando a todos porque estudie el germen de la viruela. Hemos incorporado en El habla de los argentinos una cantidad enorme de expresiones que la gente considera como malas palabras; por ejemplo, "tirar la goma". La mala palabra, como tal, no existe; depende del contexto. Cuando la mala palabra se incorpora al diccionario, al lado tiene una indicación que dice "vulg". Entonces preguntan: ¿ahora podemos decir cualquier cosa porque la palabra esta en el diccionario? ¡No! Fíjese qué marca tiene. Si la marca dice "vulgar" es para gente de poca educación lingüística.


— ¿Se han suprimido algunos acentos de vocablos?
— En principio la ley estaba dicha. Los monosílabos no van acentuados: "fue", "dio", "vio" no llevan tilde. Se dan algunos casos de discusión como "guión". Es una palabra que no lleva acento en la "o" si se la pronuncia monosilábicamente. En el caso de los pronombres demostrativos "este", "ese" y "aquel" no tiene sentido que se acentúen porque son palabras acentuadas de por sí. Otro caso es el de "solo" que solamente se acentúa cuando es adverbio de modo. Yo creo que el contexto ayuda a entender. "Yo sólo tomo café"; "yo tomo café solo".


— ¿Cuál es su trabajo como presidente en la Academia Argentina de Letras?
— Me lleva mucho tiempo y no tengo sueldo por lo que hago; un tercio de mi día está dedicado a la Academia. Abrí, básicamente, dos o tres frentes de relación: uno es el de la vinculación con los medios; nos hemos asociado a Adepa (Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas) y se ha convertido en una especie de extensión. Hay preocupación por el periodismo joven y por la buena lengua. También nos hemos asociado Fopea (Foro de Periodismo Argentino) y se han roto los muros. Mi intención es acercarme a los medios, por una voluntad de asistencia, y no venir con el dedito magistral marcando "esto se dice, esto no se dice". El destino de la lengua depende de los medios de comunicación y si no cuidan la lengua y revisan lo que dicen, se va a perder mucho. Otro frente es el de los auspiciantes y descubrí mi trabajo como gestor. Repsol, por ejemplo, ha publicado la colección La Academia y la lengua del pueblo, que registra el léxico del mate, fútbol, carne, vino, pan, dinero y carpintería.


Alejandra Crespin Argañaraz
Profesora en Letras, periodista.
Pedro Barcia nació en Entre Ríos y vive en La Plata. Es doctor en Letras, titular de la cátedra de Literatura Argentina de la Universidad Nacional de La Plata, director de investigación de la Universidad Austral y miembro correspondiente de la Real Academia Española. Desde 2001, preside la Academia Argentina de Letras y, desde 2008, es el vicepresidente de la Academia Nacional de Educación. Su último libro, en coautoría con Gabriela Pauer, es Diccionario fraseológico del habla argentina.

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