miércoles, 16 de febrero de 2011

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Defensa De Los Cuentos De Hadas

Artículo de Yolanda Reyes

Muchos medios de comunicación, desde los más complacientes hasta los más mordaces, recurrieron por estos días a los cuentos de hadas para explicar la fascinación que produjo la boda real española entre los mortales del mundo entero. Tanto los aduladores como los detractores de las fanfarrias palaciegas dijeron casi lo mismo: que los plebeyos adultos necesitábamos enriquecer nuestras grises vidas con las fantasías infantiles de los cuentos de hadas y que por eso habíamos querido volverlas a evocar, en vivo y en directo, por televisión.

Pero, quién dijo que los cuentos de hadas eran así de sosos? Supongo que el perverso Charles Perrault se estará revolcando en su tumba con semejantes lugares comunes, pues Doña Letizia, por más Cenicienta que sea, poco se parece a los personajes arquetípicos de sus cuentos. Si acaso, es una versión pastel de las princesas de Walt Disney. Y Disney es a Perrault como una novela de Corín Tellado es a Madame Bovary.

Bastante historia ha transcurrido desde que Perrault, un francés de la corte de Luis XIV, publicó sus Cuentos de antaño, casi todos recogidos de la tradición oral. Perdonarán los adultos que les quite la inocencia, pero su versión de La bella durmiente no termina en boda, sino en todo lo contrario: precisamente ese día comienzan los problemas de la pareja. Como la mamá del príncipe es un ogro, él se casa a escondidas para proteger a su princesa de ser devorada por la suegra. De las visitas conyugales clandestinas nacen dos hijos y la historia sigue un curso muy truculento que no voy a revelarles para que lean la versión original. (Se consigue en cualquier librería y muchos niños lectores la conocen de memoria.).

Aunque Perrault se lleva la clasificación triple X en el reino de las hadas, las historias de los hermanos Grimm y de Andersen, que trataron de suavizar algunos excesos, tampoco son light. Por ejemplo, La sirenita, de Andersen, es una desgarradora metáfora del altísimo precio que ella ha de pagar por igualarse a su príncipe: perder la voz, nada menos! Y Hansel y Gretel, de Grimm, elabora ese pánico infantil que todos sufrimos ante el eventual abandono de nuestros padres y esos sentimientos ambivalentes que experimentamos cuando nuestras madres intentaban deshacerse de nosotros, como la malvada madrastra, mandándonos a jugar un rato al bosque... con la niñera.

Los estudiosos coinciden en el valor simbólico de los cuentos de hadas y en los mensajes cifrados que permiten a la psiquis infantil enfrentarse a los dilemas existenciales. La lucha entre el bien y el mal, el miedo y la valentía, el odio y el amor, el sueño y la pesadilla, la vida y la muerte: todo eso constituye la materia prima de los cuentos de hadas. Precisamente por su poder de dar nombre a las fantasías y a los sentimientos recónditos de tantas generaciones, se convirtieron en clásicos. Y cuando un niño y un adulto comparten esos cuentos, lo que fluye bajo la narración es una conversación profunda sobre la vida. (Un entrenamiento simbólico sobre esa vida que no es fácil, y menos durante la infancia, como insisten en creer algunos adultos desmemoriados que consideran ositos de peluche a sus pequeños.).

La boda real española solo se parece a los cuentos de hadas en los carruajes, los regalos y en los detalles externos. Eso mismo hizo Walt Disney con las narraciones clásicas: pavimentó los conflictos, podó las escenas fuertes y nos dejó el decorado. Si Perrault viviera hoy, escribiría una protesta al defensor del lector para decir que no es justo atribuir a los cuentos tanta ingenuidad humana.

A quienes osan decir que aquella Boda Real fue como un cuento de hadas, les recomiendo buscar las fuentes originales y desconfiar de videos o versiones peluqueadas. Empiecen con La bella durmiente y Barba Azul, de Perrault , y, si les queda más tiempo, lean Las mil y una noches. Luego me dirán si es cierto que todos los que se casaron fueron felices desde ese día. Ni en los cuentos ni en la vida... Tal vez en televisión. ]

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