viernes, 14 de enero de 2011

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LA PALABRA COMO LEGADO

Dice Osvaldo Bodni en un interesantísimo articulo de Pagina 12 que pueden ver acá:

El plus de memoria de la especie humana debe traspasarse activamente a través de un lenguaje. Lo que convierte a esta acción en un acto esencialmente humano no es su contenido, siempre variable, sino la presencia radical del hecho, como puente estructural de la relación entre generaciones. Y tal como lo plantea también Pierre Legendre (El inestimable objeto de la transmisión, 1996), no importa tanto aquí diferenciar los contenidos del mensaje generacional como el hecho general de encontrarnos siempre con un mensaje. Lo que destacamos es la redundancia del hecho humano de transmitir siempre algo, o instruir, o por lo menos intentarlo activamente, hasta con independencia de las condiciones de una recepción que puede ser fallida. El contenido de la transmisión generacional será un legado, que en su esencia sirve al transporte de la historia y a la ilusión de supervivencia. El empuje insiste, quizás hasta el final de la vida, y busca su descarga en un objeto sucesor, que puede ser familiar, adoptivo, discipular, o institucional, y el variable contenido de la transmisión generacional se incluye en el concepto denominado legado, con conmutaciones infinitas. Se transmiten bienes, la “fortuna”, el poder presidencial, los rituales y las ceremonias, y sobre todo la historia.

Esta necesidad tan constante y propia de lo humano como la de respirar nos ha permitido y permite tejer un entramado de identidad que trasciende el tiempo y nos brinda en gran medida esa sensación de pertenencia y de parte vital de un sistema mayor que nos contiene.

Sin la palabra en cualquiera de sus formas estaríamos tan desprotegidos y aislados como quien carece de las caricias, sintiendo que nuestra vida es poco menos que un soplido absurdo en medio de un universo complejo.

A mi modo de sentir este hilado constante de la historia individual y colectiva crea fundamentos sobre los cuales nos es posible construir, comprender y vincularnos creativamente. Las historias nos dicen que no estamos solos, que lo que nos sucede ya ha sucedido, que hay caminos, siempre…., que en definitiva formamos parte de un gran cuento nacido antes que nosotros que viva, muta y crece gracias a la potencia vital de nuestras propias memorias, de nuestras voces y nuestros silencios, traducidos siempre en escenas, experiencias, acciones, gestos y vivencias.

Hubo tiempos en que las palabas de los ancianos – portadores de la memoria tribal- tenía un valor trascendente para el conjunto pues brindaba sentido de historia y pertenencia, a la vez que resultaba una guía sólida para comprender los innumerables misterios y complejidades de la vida, brindando herramientas para enfrentarles, o recursos para superarlos. Esa palabra se ha ido perdiendo en este mundo que de tan rápido que avanza casi no camina y de tan olvidado de su historia se condena a repeticiones constantes en las que se va vaciando cada vez más el significado y el sentido. Quizás por eso cada día hay más cuentacuentos y más público dispuesto a la escucha. Por que como dije al inicio, la palabra intercambiada y tejida es necesidad vital de todo ser humano, de ayer de hoy y de siempre.

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