jueves, 23 de septiembre de 2010

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EL EVANGELIO DE SAN JUAN POR RAFAEL ÁLVAREZ

"Lo importante es que el público haga de Dios y yo, de guía juglaresco"

"Si el lenguaje es el espejo del poder, el Jesús que retrata san Juan es un escándalo. Ejerce violencia poética sobre el lenguaje caduco del mundo, lo subvierte con fuerza; su libertad de expresión choca brutalmente contra la inercia opaca del poder. Y finalmente el poder crucifica la Palabra". Así habla Rafael Álvarez, El Brujo, curtido y popular actor, de su último espectáculo, El evangelio de san Juan. Con él ha abierto la temporada 2010- 2011 del Centro Dramático Nacional.

El artista estrena 'El evangelio de San Juan" en el teatro María Guerrero

El espectáculo, que se representa hasta el 17 de octubre en el teatro María Guerrero, incide en algo que nadie como él y Darío Fo dominan: la narración basada en la tradición oral. "Cuando hice el texto de Dario", dice en referencia a San Francisco, juglar de Dios, "se me abrió un campo de posibilidades, descubrí la veta de la narrativa oral llevada al teatro, la tradición juglaresca, que viene del narrador solitario que cuenta vidas de héroes y de santos", señala. Con este montaje, el de Fo y El ingenioso caballero de la palabra cierra una trilogía basada en antiguas técnicas de transmisión y narración oral donde el humor es nota dominante.

El origen de El evangelio de san Juan no deja de ser curioso. "Me refugié unos días en el monasterio de Silos; los monjes me invitaron a hacerles fragmentos de teatro en el refectorio; a partir de ahí considero a estos cracks musicales, superventas en Estados Unidos, mis íntimos amigos; uno me dijo 'por qué no cuentas los Evangelios, la vida de Jesús' y contesté que cómo iba a vender a los Ayuntamientos algo tan en desuso y a contracorriente", señala riéndose de su recuerdo.

Pero leyó el Evangelio de san Juan y le fascinó: "Son pequeños cuentos llenos de ternura". Dos años más tarde alguien le dijo que tenía que hacer algo del evangelio. "Interpreté esas coincidencias como una sincronía de las de Jung, era una especie de mensaje", señala el actor que ha presentado el montaje en festivales como Almagro y Mérida.

Ha acudido al evangelio que más ha sacudido y conmovido a múltiples creadores y artistas como Rossellini, Molière, Pasolini, Zeffirelli, Leonardo, Chaplin, Kierkegaard, Bach o Einstein. Newton le dedicó los últimos años de su vejez, cuando aprendió griego clásico y arameo para leer el original.

"Es menos realista, casi es una composición abstracta, tiene humor; el lenguaje está lleno de acción, no es narrativo; es estético, místico, inspirado en El cantar de los cantares", dice Álvarez. "Veo este evangelio como una extrovertida ceremonia popular con la frescura y espontaneidad que le confiere al teatro la risa y la sensualidad del contacto con el público, pero con cierto aire de exaltación mística, o mistérica, si se quiere", sostiene.

El Brujo se ha atrevido en el escenario y la pantalla a hacer de pícaro, Quijote, Lazarillo, contrabajista, borrachuzo, asesino, incluso de San Francisco, pero nunca se había atrevido a hacer del mismísimo Dios de los cristianos. "Lo de menos es de qué haga yo, lo importante es que el espectador haga de Dios", dice este hombre interesado desde hace décadas por la narrativa popular y que tiene El Mahabbaratha como libro de cabecera.

"El acceso a esos textos está mediatizado por una educación católica que, tal y como la percibí, era una religión de tinieblas, y en la historia de esta Iglesia hay muchos seres luminosos", dice. "Hay muchas corrientes, secretos por descubrir. La Iglesia de Rouco no es la de Sobrino

[Jon, jesuíta y defensor de la teología de la liberación] y menos aún la de los benedictinos; para ellos el pecado no es lo mismo; el énfasis no está en el pecado, sino en la gracia, no hay una connotación moral sino cognitiva".

Para hacer la síntesis le ayudó mucho la música. "El espectáculo es como una fuga musical en la que actúo como si fuera un cicerone que muestra una catedral que se sabe de memoria y cuela chistes, inventa algo y de vez en cuando les cuenta algo de su vida, soy un cicerone juglaresco".

Si bien en el espectáculo la dirección, la versión, la escenografía y la interpretación corren a cargo de El Brujo, hay un elemento primordial que ha aportado el compositor Javier Alejano, director musical de un pequeño grupo de viola, voz, saxo y percusión que participa en el montaje.

FUENTE: EL PAIS

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